
Ahora me resulta increíble mirar para atrás e ir recordando todo lo que ha pasado.
Joe vino a Madrid.
Empezamos a vivir.
Tuvimos dos momentos malos... Superados, por supuesto. Y mil buenos.
Y llegó el momento que tenía que llegar. Besé a Joe y le prometí que me cuidaría. Me fui a Malawi, a mi África.
El mundo se llenó de pajaros de colores, de árboles chatos y niños sonrientes que me acariciaban el pelo.
Aprendí a vivir con el sol. Volví a mi infancia en compañía de tropecientos niños con los que me ensuciaba, jugaba al fútbol y saltaba a la comba. Aprendí canciones en Chichewa. La vida olía a hogueras.
El día que cogí la brújula y decidí ir en busca de Hipopótamos de culos grandes y Cocodrilos de amplias sonrisas, me subí a una Pik-up con otras 20 personas, animales y pescao secándose al sol. Y la rueda estalló.
Entonces los niños desaparecieron con el sol. Y yo dormí en la Uci de un hospital de Sudáfrica. Mi pelo, el que los niños acariciaban, fue cortado. Yo viví. Mucha gente murió. Yo volví a nacer.
Y 20 días después estoy en Madrid. Sin saber si me gusta o no. Echando de menos los pájaros de colores. Odiando no ser dueña de mí misma y deseando recuperarme del todo. Poder pasear. Poder volver a viajar. Que no me duela el cuerpo.
Y Joe me seca las lágrimas mientras me jura que me pondré bien. Mientras me explica una y otra vez las razones por las que me tengo que recuperar. Haciéndome reir. Recordándome por qué me enamoré de él.
Y a veces veo en sus ojos el susto tan grande que tuvo. El susto de las primeras 36 horas cuando parecía que no iba a salir de esa. Y entonces le quiero aún más.
El miércoles hace tres años que estamos juntos. Y hemos tenido que cancelar una noche en el Ritz, una comida en el Palace y un viaje precioso a Escocia que íbamos a hacer para recuperarnos de nuestra separación.
Pero va a ser el mejor aniversario del mundo. Porque después de todo, seguimos estando juntos. Y volvemos a los mundos del blog.
¡Hola de nuevo!
Mdame. Macarroni