
Desde que llegué a Madrid estoy en casa de mi madre, en un pueblo de la sierra de Madrid. Y todos los días desfilan por mi casa vecinos y más vecinos.
A algunos les conozco.
A otros no.
Pero todos coinciden en algo: padecen de un morbo irremediable.
Los hay que se extrañan de que esté bien, pero se alegran de corazón. Y los hay que se decepcionan de que no haya vuelto con sangre en la cara y un brazo amputado, porque les quita del todo el exotismo del asunto.
A mí desde el principio me llama la atención que todos se dirigen a mí como si me hubiera quedado gilipollas (Y juro que no se me ha quedado cara de gilipollas), me hablan de tonterías, de la suerte que he tenido y después me ríen las gracias y me dan la razón en todo.
Como una no es de piedra, he empezado a sacarle partido. He empezado a aprovecharme y a soltar barbaridades.
Así que digo libremente sincericidios y bestialidades. Hablo de pollas, de personas feas y de olores corporales desagradables, sabiendo que los receptores pondrán cara de adoración y dirán: ¡Qué monada!.
También ha pasado algo curioso. Gente a la que ni siquiera le he dirigido la palabra en mi vida, jura ser mi amiga íntima. ¿Por qué? No tengo ni idea.
A veces pienso que el hecho de que mi accidente haya sido en medio de la sabana de Malawi y no en plena M-30 me dota de un halo interesante. Pero de ahí a que la gente invente parentescos conmigo...
Otro de los puntos buenos que encuentro es que la gente me trae chocolate. Ah, y que en el sexo mando yo. Porque acabaré de salir de la Uci, pero el cuerpo es el cuerpo y tiene sus necesidades. Joe el primer día casi sufre de un ataque de pánico, cuando le pedí que me follara con cuidado para no aplastar mi hombro operado, mi costilla rota, o mi muñeca recién operada. Y con delicadeza por supuesto para no alterar mis hemorragias cerebrales y que me entraran mareos.
Y es maravilloso. La gente dice que me recupero a pasos agigantados. Yo sonrío y miro a Joe: Es lo que tiene estar bien follá.
Un beso, lindos.
Mdme. Macarroni.
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