Coincidió el día en el que me dijeron que efetivamente, tenía un hueso del cráneo roto, con el día en el que me puse tacones. Eso desencadeno 50 maldiciones africanas que pasaron bajo mi nariz haciéndome cosquillas, mientras dormía la siesta después de una aburguesada comida.
Cuando me desperté, dejé a Joe en la habitación y me escabullí al "cuarto de reflexiones" con la revista "The Economist" en la mano.
Terminé mis reflexiones antes de tiempo. Dejé la revista sobre la mesilla de noche, y saqué del mueblecito de madera etíope un mapa que me regaló el hijo de la asalariada del prostíbulo, de la cual me enamoré, en el desaparecido Zaire.
Cogí mi brújula. Alcé mi nariz al cielo olfateando. Miré a Joe. No había duda:
-Vuelvo a África, Joe.- Le dije atusándome el pelo corto e irregular cortado sin cuidado en la UCI.
-Lo sé- me contestó.
Y no pude con tanta naturalidad. Así que le regalé una hembra negra y brillante, con curvas de vértigo y unas cuerdas vocales de las que arrancar gemidos melancólicos en las duras noches de abstinencia: una cara guitarra acústica. Después... después simplemente le dije: Joe, me voy al Congo.
Entonces él me miró. Cogió aire como para mil palabras, que al final sólo empleó en unas pocas: "Tocando el Ukelele, trabajadora rectal."
Yo me interné en un largo discurso acerca de que nunca me habían dado por culo, que adquiría tintes dramáticos cuando lo trufaba de bonitas anécdotas del cielo africano. Pero Joe se quedó impasible.
Creo que quiere venir conmigo.
Mdme.Macarroni.
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