
Después de crecer entre ausencias, canciones en swahili, imagenes sobre África, sueños lejanos... Me decidí a escribir esto sobre mi padre. Sobre su vuelta de África. Sobre lo que debió sentir o pensar. Pero todo está dentro de mí, en mi imaginación... Tan sólo es un intento de acercarme a esa experiencia tan bonita que vivió.
Cierro los ojos y sólo escucho el rítmico sonido de los tambores, dentro, muy dentro. Y después el silencio de la noche.Me voy de África. Vuelvo a casa.
Me cuesta abrir los ojos y acostumbrarme a las luces del avión, a la voz de la azafata que sonriendo me explica mil y una normas de seguridad, me cuesta mirar por la ventanilla que a penas me permite distinguir retazos de la inmensidad de la tierra que dejo tras estos años de ser parte de ella.
En el aeropuerto me he visto reflejado en un espejo y no me he reconocido. No queda nada del muchacho ilusionado y asustado que tres años antes llegó sin saber que esta aventura crea adicción, que África crea adicción, que mi corazón se quedaría de alguna forma vagando entre las gentes de Lukotola.
Me voy porque ya toca, porque cumplí mi compromiso, porque la sangre tira, porque he de forjarme un futuro. Dejo allí, además de unos cuantos kilos y parte de mi salud, todo el sudor y el trabajo compartido, todas las risas y las lágrimas del día a día entre gentes que saben valorar la vida como nadie. Dejo amigos muy queridos. Dejo a mis bueyes, ya amaestrados, para que otros continúen la labor.Dejo noches en vela, asustado o enfermo, y otras de fiesta, entre cantos y bailes.Dejo mis momentos de intimidad, comiendo mangos, subido a la rama del árbol.Os dejo a todos vosotros, mis amigos, que tanto me habéis enseñado con esa paciencia ancestral …Os dejo pero os llevo dentro, muy dentro. ¡Y me llevo tanto!
Me llevo los ojos llenos, el corazón lleno, las manos llenas.Me llevo la madurez que se forja en el sufrimiento, en el trabajo, en la alegría, en la soledad y la compañía.Me llevo la sencillez del que vive al día, la esperanza del que abre los ojos cada mañana con la certeza de que la vida nos regala una nueva oportunidad.Me llevo el polvo de muchos caminos y también el frescor de la lluvia cuando el cielo se abre y parece que nunca vaya a parar.Me llevo las canciones, cantadas desde el corazón, para que allí donde voy se sigan escuchando y con ellas os sienta cerca.Y más y más … ¡Me llevo tanto!
El avión ha tomado altura y ya no soy capaz de ver más que una inmensa mancha verde. Cierro los ojos. Los tambores han callado. Me brota del corazón, como a vosotros tantas veces, la oración más sencilla:
Gracias, Padre Bueno, porque hoy salió el sol, por el trigo que se va dorando,Por los animales que nos diste y nos ayudan a arar,Por la lluvia que empapa nuestra tierra y nos da vida, Gracias, Padre, por mi gente que trabaja sin descanso, Por los niños que miran la vida con alegría, Por los ancianos que nos enseñan y nos escuchan.Gracias porque hoy pude comer, Gracias porque hoy nos regalaste un día más.
De repente pienso en mi padre, tan lejano, siempre tan lejano. En su enfado cuando supo que me iba. En su silencio estos años. ¿Cómo estará? ¿Cómo me recibirá? ¿Habrá comprendido por fin que los hijos deben seguir su camino, sus ilusiones y aprender a vivir, a volar sin ataduras, siguiendo los dictados del corazón? ¿me habrá perdonado?
En África el niño es niño muy poco tiempo. Pronto deben aprender a trabajar casi como adultos, en cuanto sus pequeños cuerpos lo permiten son uno más a la hora de buscarse el sustento.
Cuidan de los animales, trabajan en el campo, van por agua, cuidan de sus hermanos pequeños. No hay tiempo para ser niño. Son niños adultos que sonríen orgullosos porque sus manos son valiosas. No piden. No lloran. Se hacen fuertes de cuerpo y espíritu. El niño en África lucha desde pequeño por vivir. Y ama la vida tal como es.El que consigue sobrevivir al hambre, a las enfermedades endémicas o a la sed, ese será fuerte. Así es la infancia en África. Qué distinta de la de mi país …
Si algún día tengo hijos espero saber transmitirles la importancia de lo sencillo, espero saber darles las mano cuando lo necesiten pero también soltársela cuando sea la hora de aprender a caminar por ellos mismos. Quiero que aprendan a volar sin miedo y que se dejen guiar por su corazón.
Ya hemos dejado atrás el continente africano … veo el mar allá abajo … y algo se me rompe por dentro. Me queman las lágrimas en los ojos cerrados y por un momento siento que me falta el aire. Adiós, África … ¿Acaso volveremos a vernos? No sé qué me espera de ahora en adelante. Mi futuro, mi presente. El reencuentro. Vuelta a la realidad del primer mundo …
Sólo sé que vaya donde vaya, que haga lo que haga, quiero ser una buena persona, quiero llevar lo aprendido muy dentro y gritarlo a los mil vientos. Decirle al mundo, a ese mal llamado mundo civilizado, que allí, en África, se puede vivir, se vive, si no fuera por el egoísmo y la codicia de los explotadores. Que faltan únicamente corazones grandes dispuestos a enseñar, a compartir, a trabajar codo con codo. Que sobran especuladores, que sobran dictadores ávidos de riquezas ajenas. En África se vive y se muere. África merece vivir.
Pienso en Pierre, en los meses que compartimos acompañados tan solo de nuestros bueyes. En el reto que fue para mí y para él la ardua tarea de domesticar aquellas bestias, en la paciencia recompensada por cada pequeño logro, en la enorme alegría del regreso, de los campos arados casi sin esfuerzo, en las cosechas jamás imaginadas. Recuerdo las tardes solitarias envueltas en silencio, recuerdo los ojos de Pierre, de mi amigo Pierre. Su palabra y su silencio. Y tantas enseñanzas … Y mi corazón creciendo.
Faltan a penas unos minutos para tomar tierra. Tras la escala en Bruselas, un nuevo avión nos trae a España. No sé quién estará esperándome. No sé si alguien habrá venido desde el pueblo para recibirme. Mi corazón a mil por hora se niega a tomarse un descanso.Los motores están callados. Los tambores retumban en mi alma. Todos los pasajeros van bajando mientras yo decido que es hora de abrir lo ojos. He vuelto a casa. A pocos metros de la puerta un hombre alto me mira. Me acerco. Es mi padre.
Ha venido y me abraza como jamás antes lo había hecho, y casi susurrando, uniendo sus lágrimas a las mías, me dice: "Bienvenido, hijo. No te vayas más …”
Mdme.Macarroni
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